sábado, 3 de julio de 2010

Cuento para Marién

Ahí esta ella, viendo su reflejo en el cristal mientras se quita el abrigo; y yo, mirándola, atrincherado tras el diario matutino fingiendo interés en la estúpida política. Se parece tanto, sin embargo, no lo puedo asegurar, llevo tanto tiempo sin verla. Más allá, un hombre parecido a Frederick Nietzsche parece derramar toda su intelectualidad sobre un cuadernillo con pastas de carnaza, tal vez escriba algún tratado sobre el existencialismo.
Regreso la mirada hacia ella. El dependiente detrás del mostrador le pregunta su nombre, y lo garabatea con plumón sobre el vaso desechable donde le servirá el café.
El mundo se está acabando, pienso, ¿cómo es posible que seamos atendidos por una persona que no usa camisa blanca y pajarita?, por un hombre que viste como indigente, con la camisa sin fajar, pretendiendo, según la mercadotecnia, parecerse más al comensal. Quiero aclarar: yo no me visto así… ¡Ay Dios!, ¿será que estoy envejeciendo? Bueno, podría ser.
He dejado el periódico a un costado y he tomado una servilleta para escribirle un poema, cuando me sienta seguro, me pondré de pie y se lo llevaré hasta su mesa, le haré una reverencia, y así, como lo haría en su tiempo, Giacomo Casanova para comenzar un romance, diré las palabras mágicas, esas palabras que te arrastran a aceptar la cercanía y a decir tus confidencias, las diré obviamente con ternura, como si de un trozo de papel las leyera en letras minúsculas, como los grandes, como Cyrano de Bergerac, como Neruda, como Benedetti.
Lo diré así: “Princesa, ¿aceptaría tomarse el café acompañada por mí?” Bien, así lo haré, pero, aún no estoy seguro.
Una señorita coloca un vaso sobre el mostrador, y a voz en cuello, con una familiaridad grotescamente impostada, llama a alguien por su nombre: “¡Almoraima! ¡Hay un cinnamon dolce latte en la barra para ti!” ¡No! ¡Por Dios! Ella se pone de pie para atender el llamado, ¡qué mala suerte! ¡Se parecía tanto! Si no fuera por el nombre, juraría que esos ojos y ese hermoso cabello eran de ella, de mi princesa, los de mí amada Marién.

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