viernes, 16 de julio de 2010
En un suspiro
Y el maná de diferentes cielos, fluyó de pronto y estalló la vida, vivimos seis segundos de embeleso, tomó su blusa... y se marchó de prisa.
sábado, 3 de julio de 2010
Reencuentro
Lloraba mi ciudad y ella tan bella, me saludo lejana sin tocar mi mano, un beso no me dio, ¡quien lo creyera!, ¿una sonrisa? ¡No!, que es demasiado. ¿Lloraba la ciudad?...sigue llorando.
A una amiga
Asturias en el mar de la memoria, Velázquez dibujando tu silueta, Alberti que se inclina ante tu sombra, y yo lamiendo las heridas de la espera.
Almoraima
Mirarle, es como ver una buena pelicula, si me distraigo, corro el riesgo de perderme lo mejor de ella.
Hojas sueltas
"Si hay alguien a quien deseas arrancarle de un tajo la gloria, o brindarle de golpe la eternidad, arroja su historia al pueblo.
Lo que parece un milagro, cuando viene del diablo, no es más que un mísero truco.
Cuando alguien esta enamorado, a la primer prosa que escribe se le oye rima, y a la primer cuerda con que se tropieza le sale música.
El amor no se muere ni se destruye, solamente se transforma.
El dia es tan solo el esconite de las estrellas.
La rapté del mundo y la escondí en mis ojos.
A veces es preciso vivir una tormenta, para apreciar el sol de cada día.
Si quieres ver abre los ojos, si quieres ver mas allá, aguza la mirada, pero, si quieres ver mucho mas allá, vuelve a cerrar los ojos.
Lo que parece un milagro, cuando viene del diablo, no es más que un mísero truco.
Cuando alguien esta enamorado, a la primer prosa que escribe se le oye rima, y a la primer cuerda con que se tropieza le sale música.
El amor no se muere ni se destruye, solamente se transforma.
El dia es tan solo el esconite de las estrellas.
La rapté del mundo y la escondí en mis ojos.
A veces es preciso vivir una tormenta, para apreciar el sol de cada día.
Si quieres ver abre los ojos, si quieres ver mas allá, aguza la mirada, pero, si quieres ver mucho mas allá, vuelve a cerrar los ojos.
A Julieta
Cuento para Marién
Ahí esta ella, viendo su reflejo en el cristal mientras se quita el abrigo; y yo, mirándola, atrincherado tras el diario matutino fingiendo interés en la estúpida política. Se parece tanto, sin embargo, no lo puedo asegurar, llevo tanto tiempo sin verla. Más allá, un hombre parecido a Frederick Nietzsche parece derramar toda su intelectualidad sobre un cuadernillo con pastas de carnaza, tal vez escriba algún tratado sobre el existencialismo.
Regreso la mirada hacia ella. El dependiente detrás del mostrador le pregunta su nombre, y lo garabatea con plumón sobre el vaso desechable donde le servirá el café.
El mundo se está acabando, pienso, ¿cómo es posible que seamos atendidos por una persona que no usa camisa blanca y pajarita?, por un hombre que viste como indigente, con la camisa sin fajar, pretendiendo, según la mercadotecnia, parecerse más al comensal. Quiero aclarar: yo no me visto así… ¡Ay Dios!, ¿será que estoy envejeciendo? Bueno, podría ser.
He dejado el periódico a un costado y he tomado una servilleta para escribirle un poema, cuando me sienta seguro, me pondré de pie y se lo llevaré hasta su mesa, le haré una reverencia, y así, como lo haría en su tiempo, Giacomo Casanova para comenzar un romance, diré las palabras mágicas, esas palabras que te arrastran a aceptar la cercanía y a decir tus confidencias, las diré obviamente con ternura, como si de un trozo de papel las leyera en letras minúsculas, como los grandes, como Cyrano de Bergerac, como Neruda, como Benedetti.
Lo diré así: “Princesa, ¿aceptaría tomarse el café acompañada por mí?” Bien, así lo haré, pero, aún no estoy seguro.
Una señorita coloca un vaso sobre el mostrador, y a voz en cuello, con una familiaridad grotescamente impostada, llama a alguien por su nombre: “¡Almoraima! ¡Hay un cinnamon dolce latte en la barra para ti!” ¡No! ¡Por Dios! Ella se pone de pie para atender el llamado, ¡qué mala suerte! ¡Se parecía tanto! Si no fuera por el nombre, juraría que esos ojos y ese hermoso cabello eran de ella, de mi princesa, los de mí amada Marién.
Regreso la mirada hacia ella. El dependiente detrás del mostrador le pregunta su nombre, y lo garabatea con plumón sobre el vaso desechable donde le servirá el café.
El mundo se está acabando, pienso, ¿cómo es posible que seamos atendidos por una persona que no usa camisa blanca y pajarita?, por un hombre que viste como indigente, con la camisa sin fajar, pretendiendo, según la mercadotecnia, parecerse más al comensal. Quiero aclarar: yo no me visto así… ¡Ay Dios!, ¿será que estoy envejeciendo? Bueno, podría ser.
He dejado el periódico a un costado y he tomado una servilleta para escribirle un poema, cuando me sienta seguro, me pondré de pie y se lo llevaré hasta su mesa, le haré una reverencia, y así, como lo haría en su tiempo, Giacomo Casanova para comenzar un romance, diré las palabras mágicas, esas palabras que te arrastran a aceptar la cercanía y a decir tus confidencias, las diré obviamente con ternura, como si de un trozo de papel las leyera en letras minúsculas, como los grandes, como Cyrano de Bergerac, como Neruda, como Benedetti.
Lo diré así: “Princesa, ¿aceptaría tomarse el café acompañada por mí?” Bien, así lo haré, pero, aún no estoy seguro.
Una señorita coloca un vaso sobre el mostrador, y a voz en cuello, con una familiaridad grotescamente impostada, llama a alguien por su nombre: “¡Almoraima! ¡Hay un cinnamon dolce latte en la barra para ti!” ¡No! ¡Por Dios! Ella se pone de pie para atender el llamado, ¡qué mala suerte! ¡Se parecía tanto! Si no fuera por el nombre, juraría que esos ojos y ese hermoso cabello eran de ella, de mi princesa, los de mí amada Marién.
Por ti
Por ti daría diez vueltas a la luna, en verano con sol y en bicicleta, dejaría a todas, y a ninguna, daría los versos que traígo en mi cartera.
Los ojos de Gabriela
Tú que sabes si la vida es un suspiro, o tan solo es el cielo una acuarela, si el final en la vida es el principio, si no has visto los ojos de Gabriela.
Al sur de tu cintura
Por tus ojos color de un imposible, por tu espalda, poéma de mixtura, clavé mi corazón cual imperdible, cuatro besos al sur de tu cintura.
Diez
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